Silverio Franconetti, el flamenco de los pies grandes

27 Mar

iniciación al flamenco blogSilverio Franconetti nació en Sevilla por ahí por el 1830, cuando esa Pepa de Cádiz a la que estos días se le rinden honores no había cumplido los 18. Hijo de un militar italiano y una sevillana, Silverio vino a este mundo a ordenar el flamenco, a convertir en una profesión lo que para muchos era poco menos que una manera de mendicidad. No se sabe porqué asunto turbio cuando ya había conquistado Sevilla, Madrid y los Puertos tuvo que salir por patas camino de América donde vivió 8 años ganándose la vida como picaor de toros en Buenos Aires y Montevideo. A su vuelta -cuenta Félix Grande -, con sus barbas largas y ropajes de indiano rico, a Silverio le apeteció escuchar flamenco por lo que contrató a un grupo de gitanos para que le cantaran y le tocaran en un reservado de una local sevillano. Cuando ya se había colmado de escuchar, pidió que le tocasen por seguiriyas ante la mirada incrédula de los que le acompañaban. Cuando terminó de cantar los calós se habían partido las camisas y se tiraban de los pelos, ante aquel portento. Todos, menos una gitana vieja que se lamentaba contrariada. Silverio que la vio con el rostro desencajado le dijo “tía, ¿qué le pasa? ¿es que no le ha gustado como he cantao?” A lo que la señora respondió, “si, me ha gustado, pero… pero es que tiene los pies mu grandes”.

Y no era el primer gitano que se quedaba perplejo ante la personalidad cantaora de aquel payo. Cuenta José Manuel Gamboa en su libro Una historia del flamenco que cuando era joven Silverio se había ganado la vida como mozo de una fonda de Morón. Por allí paraba de vez en cuanto el número 1 de los cantaores del momento El Fillo. El cantaor era tratante de ganado y, cuando se daba bien la venta de las bestias, lo celebraba con una juerga flamenca entre gitanos. Una de esas reuniones tuvo lugar en la fonda de nuestro personaje donde Silverio servía cada frasca de vino con toda la despaciosidad que podía para impregnarse de aquellos cantes. Cuando El Fillo cayó en la cuenta, le preguntó al camarero cómo se llamaba y si cantaba. Le contestó que Silverio Franconetti y que un poco. Para mofase del muchacho le dijo “pues échame una coplilla”. Una vez que escucharon aquella voz, la juerga se disolvió. Un año después El Fillo volvió a buscar a Silverio, se encerró con él en un cuarto y ambos, sentados uno frente al otro, cantaron hasta la extenuación. Cuando El Filló salió, se dedicó a anunciarle a todas las familias gitanas que había un payo, con un nombre muy raro, que cantaba mejor que todos y cada uno de los cantaores de la historia.

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Entre italiano 
y flamenco, 
¿cómo cantaría 
aquel Silverio? 
La densa miel de Italia 
con el limón nuestro, 
iba en el hondo llanto 
del siguiriyero (…)”
escribió García Lorca -como podemos ver en el vídeo en la voz de Paco Rabal- en su Poema del Cante Jondo. Cómo cantaría ese hombre. Sin duda más que una pregunta son las ganas de todos los aficionados por haberlo podido escuchar.  Dicen que fue el primer cantaor enciclopédico, dicen que todo lo cantaba bien y que puso las bases de muchos de los palos, además de tener una influencia determinante en los cantes de ida y vuelta. Curro Dulce sentenciaba  “con su cante partía los huesos de su puñetera madre”.

Pero probablemente eso no sea lo más importante. Sin duda, lo que lo convierte en figura capital no sólo de la Edad de Oro del Flamenco, sino de la historia del cante jondo es su capacidad para hacer suyos los cantes, para ordenarlos y por haber tenido el arrojo de abrir los ojos a sus contemporáneos de la grandeza del flamenco frente a una ópera italiana que estaba invadiendo España. El esfuerzo dio sus frutos y de su mano el flamenco se coló en los teatros en los primeros conciertos que se conocen con el formato actual. Después, la caída de la Primera República y la llegada de Alfonso XII devolvió la censura a los teatros y desterró al cante al ambiente lumpen del que venía. Pero el tozudo Silverio no se dio por vencido y abrió el primer gran café cantante de la época en Sevilla. Allí en el Café de Silverio hizo debutar con 17 años al gran Antonio Chacón, probablemente su discípulo más aventajado.

El desafío de  Don Silverio

Silverio llego a ser tan generoso con el flamenco como prepotente con sus compañeros. Como cuenta Gamboa, el cantaor sevillano  -que convivió con monstruos como Loco Mateo, Curro Dulce o Manuel Molina-  se anunciaba como Don Silverio Franconetti, que desafía a tol que cante en Cádiz y su provincia con 1.500 pesetas de premio”. No sólo no había gitano que se atreviera sino que uno de los a priori desafiados, Manuel Molina, decía: “El que no vaya a escuchar a ese hombre es que no tiene vergüenza” 

David Calzado

Twitter @flamencolicos

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