Flamenco, la emoción sin brida

7 Ago

antonio lucasAntonio Lucas, periodista y columnista del diario El Mundo, es además uno de los poetas más destacados de la nueva generación. Por ello, por su amor a la cultura, al flamenco y a La Unión fue invitado a compartir sus emociones y sus palabras en el pregón de la 52 edición del Festival Internacional de Cante de las Minas. Su discurso – que sigue la tradición trascendente de los grandes poetas “flamencólicos” Caballero Bonald o Félix Grande- reúnen algunas de las sentencias más hermosas que se han dicho y escrito sobre el flamenco en los últimos años. Antonio Lucas ha querido compartir su pregón íntegramente con los lectores de este blog. Si cuando terminéis la lectura no os ha conmovido os devolvemos el dinero. Gracias poeta.


LA MODERNIDAD DE LO REMOTO

Pregón del LIII Festival del Cante de Las Minas de La Unión, por Antonio Lucas.

 “Venir a La Unión a decir en alto algunas ideas sobre flamenco es una osadía. A La Unión se debiera llegar sólo a oír, a escuchar, a permanecer en silencio mientras son otros los que van arrojando luz y oscuridad al fondo encendido de la noche. Pues el flamenco es el lugar donde lo oscuro y lo luminoso se unifican. Luz y oscuridad de voces, de guitarras, de pasos poseídos por esa autenticidad de lo que está dentro, de lo que surge del cruce del instinto y el daño, de la necesidad y de la fiesta, de lo culto y de lo popular, del enigma. Me fascina en el flamenco que siendo tan individual sea, a la vez, el retrato de una memoria colectiva. El caos de lo exacto, el límite extremo de una emoción envuelta en llamas. Nos lo entregan hombres que acumulan toda su cultura en la masa de la sangre. Hombres y mujeres que traen un poso inmemorial de voces en su voz. Los que cuentan y cantan desde muchos orígenes, desde muchas memorias, algunas muy remotas. Y en ese territorio incalculable encontramos a la vez lo arterial y lo poético, pero también lo primordial de lo poético. La emoción sin brida que sólo es posible verificar en lo que previamente se ha desbordado.

Algo de todo esto lo percibí por vez primera cuando adolescente. Mi padre me trajo en dos o tres ocasiones al Festival del Cante de Las Minas. No he olvidado aquella emoción galopante de entrar en el Mercado Público de La Unión, sentir el aire acalambrado que antecede a una liturgia aún no revelada para mí y mantenerse en ese lugar de expectación mientras el flamenco va cumpliendo con aquello tan difícil, tan específico y universal, que es convocar el misterio. Le debo a este pueblo una de mis pasiones. Y es lo mismo que decir que tengo con este pueblo una deuda de gratitud. Después de aquellas visitas primeras he regresado muchas veces: como periodista, para escribir del festival en el diario EL MUNDO; y como aficionado, para aprender y saber más de lo que el jondo encierra, para seguir huroneando en esa apoyatura humana del cante que en algunos seres, principalmente gitanos, es un mandato de su condición.

Las noches flamencas de La Unión, con el fondo de crestería de la sierra y el trajín callado de las bocas de las minas, han sido tantas veces la capital de mi entusiasmo. Pero lo que aquí se vive siempre es menos intenso que el recuerdo de lo que aquí se ha vivido. Pues como sucede en el cante, la huella del tiempo se revela más tarde, con mayor intensidad en el recuerdo, en el camino lento del sonido que uno evoca con una mitad de memoria y otra mitad de deseo. Cuántas madrugadas escuchando en las mesas de la plaza soliloquios a mil voces sobre lo que debieron ser las tarantas de Rojo El Alpargatero. Cuántas veces oír sobre Pencho Cros, y los Piñana, y Encarnación Fernández, y sobre el repertorio minero que un día asume Don Antonio Chacón, con Ramón Montoya a la guitarra, dándole por fin un mayor alcance al desgarro de las gentes de las minas. Todas esas, y tantas más, han sido para mí noches de fiesta grande en La Unión, pues en el forcejeo de algunos cabales sopesando y contrastando juicios estaba ese azar de descubrir siempre algo nuevo, de encontrar un sonido inédito, de amarrar en el camarín de la memoria el eco de una minera bien cantada o de un fandango de estas tierras.

“Lo auténtico nunca defrauda”

Tengo por costumbre creer en el flamenco como una escuela de tolerancia, como lo es la mejor Cultura. Sé que esto suena raro, pues las batallas entre mairenistas, caracoleros o camaroneros han sido casi nucleares en algunos momentos. Pero yo sé lo que digo. El flamenco es una gran escuela de tolerancia porque la música lo es. Porque lo es todo aquello que nace de algo cierto. Porque lo auténtico nunca defrauda y siempre convoca y nos junta en ese impulso universal de lo que a tantos emociona. Cuando en 1922 Manuel de Falla y Federico García Lorca organizaron el primer certamen flamenco, en la Plaza de los Aljibes de la Alhambra, buscaban devolver la música jonda a su sitio. Limpiarla del casticismo que entonces la achicaba. Querían restituir esta expresión de nuestro mejor patrimonio mestizo frente al ‘hooliganismo’ de los hombres del 98, que denostaban el flamenco porque representaba la expresión brutal de un pueblo bruto. Afortunadamente el tiempo los fue, en este caso, desmintiendo. A la llamada de Falla y de Federico para el festival granadino acudieron Ramón Gómez de la Serna, el pintor Zuloaga, Santiago Rusiñol, Joaquín Turina. El concurso lo ganó Diego Bermúdez Cala, El Tenazas de Morón, que llegó a Granada caminando tres días desde Puente Genil, apoyado en una garrota gorda. Cantó por seguiriyas con cabales de Silverio y Don Antonio Chacón abrió tanto los ojos que le quedaron las órbitas a dos palmos del rostro. Pero de quien más se habló en aquella jornada fue de otro: de un niño de 12 años llamado Manolito Ortega, que algo después sería el gran faraón que hemos escuchado tantas veces: Manolo Caracol. Ése fue el gran consuelo de aquel Festival en el que los organizadores quedaron algo decepcionados. A Lorca le interesaba el cante de La Niña de los Peines, que era miembro del jurado, más que todo lo que allí pudo ver.

Pero Falla y Lorca hicieron por alumbrar de nuevo el flamenco como lo mejor de la tradición derramada de un pueblo que dice su fatiga o su alegría en compases ignotos. Y, sobre todo, la enorme fuerza atávica que hay en el cante por derecho. Su condición excepcional para encontrar la palabra exacta que se acompasa a la emoción, al arañazo. Para ser la representación más íntima de la credencial de un hombre que lleva algo callado en la garganta y al que le basta un ritmo de nudillos en el fatigado mostrador de los tabancos para contar su verdad, para compartirla. Para hacérnosla entender como una de las formas de la poesía sin prisa, un discurrir del cansancio que es, al final, un himno de pisadas finas.

“Un cancionero tantas veces anónimo sacado de las huellas que deja la vida allá en las gentes de los primeros suburbios”

El espíritu que anima las letras flamencas es, claro, literario. Más aún: de raíz netamente poética. Algo así como un cancionero tantas veces anónimo sacado de las huellas que deja la vida allá en las gentes de los primeros suburbios, en los habitantes de los enclaves campesinos andaluces (de Lebrija a Cádiz). Seres que cantan en la puerta de la casa humilde acordándose de lo que han vivido. Y es una confesión. Una confesión pura, sin adulterar, balbuciente quizá, pero no por eso menos cargada de intensidad. Asuntos que tienen que ver con tragedias familiares y sucesos de su entorno: persecuciones, penalidades, cárcel, muertes, referencias a la madre, a la compañera, a la libertad. Como recuerda José Manuel Caballero Bonald:Si se despoja a ese cante de su andamiaje literario sólo quedan las marcas atribuladas de un grupo de gente humilde. Todas esas letras juntas nos cuentan esa otra parte de la Historia que los historiadores no cuentan. Ninguna información mejor sobre la vida de aquellos intérpretes que la que suministran las coplas que cantaban, sin retóricas ni falsos adornos verbales”. Diríamos, entonces, que una de las fuentes de las letras flamencas es la vida privada y el mundo expresivo del cantaor. Ese ‘Yo’ que a mí me sucede. Y en la precisión de aliviarse con un canto están también los mimbres de la mejor poesía. Y digo precisión, porque la precisión no está reñida con el vuelo.

La de las letras flamencas, como apuntaba el padre de los Machado, Demófilo, es una poesía espontánea que viene de lo más al fondo del corazón para abrirse en lo tenaz del entendimiento. Así que toda esa verbosidad sencilla, directa, escasa pero tan abundante es, en definitiva, un aullido. Un fulgor de conciencia que explota en todas direcciones: en la senda del amor y en el de la denuncia. En la celebración y en el duelo. Cita José Manuel Gamboa en su recomendable ‘Historia del Flamenco’ una batalladora taranta de Luisito Maravilla, acondicionada a la guitarra por Paco Cepero, que es una prueba más de la carga de experiencia que el flamenco dice. Señal inequívoca de lo que el cante nunca calla:

Los capataces de las minas

van a hacer una romana,

para pesar el dinero

que roban a la semana

del trabajo del obrero.

Porque el flamenco, cómo no, también señala y denuncia.

En aquel año 1922 al que antes me he referido, Lorca escribió un texto en el que afirmaba esto: “Una de las maravillas del cante jondo consiste en sus poemas, ante los cuales quedamos asombrados. Las más íntimas gradaciones del dolor y la pena son aquí puestas al servicio de una expresión pura y exacta. No hay nada, absolutamente nada igual en España, ni en estilización, ni en ambiente, ni en justeza emocional. No hay nada comparable en delicadeza, en ternura, con estos cantares y en la infamia que se comete relegándolos al olvido”.

Y si no, mirad esta pequeña estrofa de una de las sevillanas de la Niña de los Peines. Qué sabiduría en tan poco sitio. Qué espacio ancho en sólo tres versos escasos:

Por lo mudable,

si tú eres la veleta

yo soy el aire

Estas palabras vienen de una temblorosa escala de llanto. De cuando el desconcierto, el desamparo, el miedo, las penalidades y la magia de saber contarlo se hacen lenguaje, porque se anticiparon a él. Toda emoción es una anticipación de las palabras. El cante flamenco es exactamente eso. Y queda rematado en la más sofisticada de las expresiones, que tiene su timbre en un gaznate que sabe decir todo aquello con decisión colosal, con furia suavísima, con la radicalidad profunda e imperecedera que exige el fandango, el martinete, la seguiriya, la soleá o una toná de Juan Breva, esas coplas de mucho laberinto.

Pero no sólo es la narración más o menos plástica de una experiencia contada como tal, sino ese vuelo a veces suspendido que adquieren algunas letras de raíz metafísica. Es lo que sucede con esta copla del poeta Augusto Ferrán:

Voy como si fuera preso:

detrás camina mi sombra,

delante de mi pensamiento.

La temática del flamenco, como dice Caballero Bonald, tiene mucho de mestiza. Lo cual otorga una inmejorable posibilidad de enriquecimiento no sólo en los temas, sino en su sentido. Es extraordinaria esa letrilla anónima del XIX, probablemente improvisada por un poeta analfabeto, que dice:

Como los raíles del tren,

son tu cariño y el mío.

Uno al laíto del otro,

              to seguío, to seguío.

Todo esto para señalar la rigurosa verdad de eso tan atávico que denominamos flamenco. Da igual por cantes grandes que por cantes chicos. Se trata, a lo último, de no trabucar la autenticidad de una memoria, de un pueblo, de un modo de expresar la vida, de asumirla con su espesor y con sus querellas, como sucede en los trovos mineros, pero también con su posibilidad de armar una fiesta si los aires vienen de Cádiz y de Jerez, la tierra de la bulería de los cantes por alegrías y de la jarana de los cuplés. El país de Enrique El Mellizo, de Pericón de Cádiz, de Aurelio Sellés, de Chano Lobato.

“Pues el hombre no ha cambiado desde el hombre y el cante siempre trae viejas palabras para fuegos nuevos”

Pocas expresiones musicales tan generosamente abiertas y modernas como el flamenco más antiguo, aquel que ha perdido hasta el control de la ortodoxia. El mejor ejemplo está en Vicente Escudero, un bailaor que se posiciona más cerca de Picasso que de Zuloaga. Un ejemplo de cómo el espíritu de las vanguardias también entra en lo jondo contra esa dinámica flamencona de rompe y rasga (espíritu que hoy recupera el vibrante Israel Galván). Pero para que todo esto se pueda dar existe una condición: aquella que Lorca expuso desbordando la intuición en una de sus mejores conferencias, ‘Juego y teoría del duende’:Los grandes artistas del sur de España, gitanos o flamencos, ya canten, ya bailen, ya toquen, saben que no es posible ninguna emoción sin la llegada del duende. La llegada del duende presupone siempre un cambio radical de todas las formas. Sobre planos viejos da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de milagro que llega a producir un entusiasmo casi religioso”.  Y eso nos lleva a sentir un ánimo febril tantas veces indescriptible en esta expresión del hombre, del hombre en la pureza de su intemperie. Desde hace siglos. Pues el hombre no ha cambiado desde el hombre y el cante siempre trae viejas palabras para fuegos nuevos. Se canta como se es. No para divertirse, sino con la aspiración de alcanzar una estética suprema que siempre está sujeta a un sentimiento.

Lo que sucede año tras año aquí, en el Festival del Cante de las Minas de La Unión, y desde hace 53 ediciones, es algo extraordinario. La gravitación, la intensidad y la fuerza se convierte en faro de costa de una tierra que es, hoy, el gran cráter del flamenco: su escaparate de maestros y su lanzadera de voces, guitarristas y bailaores inéditos. Y alrededor de esa lumbre, gentes y amigos. Aquí he aprendido mucho de lo poco que sé sobre el jondo escuchando al periodista y poeta Antonio Parra, sabio en la larga expedición que es el cante. De este pueblo guardo como un amuleto el aroma de noches inacabables que me han hecho mejor. Porque aquí, alguna vez, hemos sido príncipes a las dos de la mañana. Es de esa aristocracia de la que habla el escritor Edgar Neville: “El flamenco a quien le gustaba era al pueblo y a los duques, como ha pasado siempre en España, en donde el pueblo y la aristocracia han estado juntos en todas las artes populares, mientras que los requetecursis enseñaban la marcha de ‘Aída’ a sus niñas y levantaban el dedo meñique al tomarse la tacita de té”.

Así que aparquemos el té y vayamos al vino bueno del cante. Hoy abrimos, otro año más, el portón de esta gran cita universal, la que convoca al mundo en una gran liturgia que va de La Unión a Jaipur, de Tokio a La Unión, y de Las Vegas de nuevo a esta tierra minera que ya ha trascendido su historia para alcanzarse como leyenda. Toda expresión verdadera alberga siempre una gota de fugacidad. Por eso, como pedía Baudelaire, apresemos el instante y embriaguémonos de flamenco, de poesía o de virtud. Que el calambre del mejor cante, de la guitarra y del baile prenda hoy su profundo y lúdico aquelarre en este presente desmañado. Que el entusiasmo nos asalte. Que sea el mundo, por unos cuantos días, esta larga madrugada que invita a la vieja ceremonia de escuchar y sentir y vibrar con ese arte supremo que no tiene forma, ni el la forma cabe. Bien por La Unión. Y viva el flamenco”.

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