Edgar Neville, hombre orquesta y difusor impagable del flamenco

25 Abr
Neville en el rodaje de La Señorita de Trevelez (1936) La Nueva España

Edgar Neville dirigiendo. Fuente lne.es

Este domingo se cumplieron 50 años de la muerte de Edgar Neville, un personaje inquieto e intenso que desarrolló su trayectoria profesional en ámbitos como el periodismo, la literatura, el teatro y el cine. En este último marcó un hito de gran relevancia para el flamenco, la dirección de Duende y Misterio del Flamenco, primera película documental sobre el arte jondo, una joya que este jueves  a las 19 30 puede verse en el Cine Doré de Madrid.

Aunque su nombre despista, el personaje que nos ocupa, Edgar Neville, nació y murió en Madrid. Hijo de un ingeniero inglés y de una condesa española, cuyo título heredó, usó con tino su posición acomodada para desarrollar –como recuerda Manuel Hidalgo en un interesante artículo en El Cultural – una de las trayectorias más amplias dentro de la cultura española del siglo pasado. Fue abogado y diplomático pero destacó en la literatura, el periodismo, el teatro y, por su puesto, el cine, un oficio que descubrió en Hollywood, donde intimó con Charles Chaplin, entre otras personalidades de la época.

En España también se rodeó de los principales actores de la cultura desde Gómez de la Serna a Manuel de Falla, pasando por Juan Belmonte o Rafael Alberti y muy especialmente, Federico García Lorca. Él poeta fue el que convenció a Neville para que viajara a Granada para asistir, en el Patio de los Aljibes de la Alhambra, al Concurso de Cante Jondo de 1922. El escritor madrileño envió una crónica del concurso promovido por Falla y un importante grupo de intelectuales que el diario La época llevó a portada el 12 de junio. El artículo, que puede leerse en la exposición Patrimonio Flamenco de la Biblioteca Nacional proporciona detalles de los preparativos y relata que Antonio Chacón, Falla y el resto de presentes quedaron entusiasmados con uno de sus triunfadores, El Tenazas, cuando, en las pruebas pre­vias, interpretó la seguiriya de Silverio y, sobre todo, cuando contó que había aprendido el cante del mismo Franconetti. El «vejete» —como lo llama Neville, que había llegado caminando desde Puente Genil (Córdoba)— aseguró que había dejado de cantar el día que le pidieron que interpretara unas malagueñas y unas grana­dinas. La crónica prosigue:

“Chacón le abrazó entusiasmado, diciendo que era el mejor cantaor que había oído en su vida […] El hallazgo ha sido inesperado. Zuloaga dice que es como descubrir un Greco en una iglesia perdida. Falla asegura que toda la mú­sica tiene su origen en ese cante”.

Celuloide a compás

La impresión que dejó el flamenco en Neville fue tal que desde ese momento gran parte de su obra se encuentra jaspeada por el mismo. Como recuerda Eugenio Cobo en su libro El flamenco en el cine (Signatura Ediciones) en sus películas El crimen de la calle Bordadores (1946) y Traje de luces (1947) introduce escenas con artistas como Jacinto Almadén, Román El Granadino, Elvira Real o Los Amaya.duende_y_misterio_del_flamenco-630918930-large

Pero con Duende y misterio del flamenco (1952), Edgar Neville, marca el inicio del cine docu­mental sobre flamenco y ocupa un lugar destacado entre las personalidades que han colaborado a su difusión por el mundo. La obra, que recibió una mención de honor en el Festival de Can­nes, está grabada en emplazamientos históri­cos españoles como la desembocadura del Guadalquivir, la Alhambra, el Monasterio del Escorial o el Tajo de Ronda y explica la esencia y los distintos estilos del cante y el baile de la mano de Pilar López, Antonio Ruiz, Fernanda y Bernarda de Utrera, Antonio Mairena o Aurelio de Cádiz. Como comenta el propio Eugenio Cobo “Hay quien dice que la obra está sobrevalorada. Yo no lo creo. Lo primero que hay que decir es que es un espectáculo hermoso y, en segundo lugar, tiene mérito y oportunidad hacer algo así, teniendo en cuenta el tratamiento que había tenido el flamenco en el cine en los años cuarenta”. Cobo señala, eso sí, que hay elementos innecesarios como “asimilar el toreo de Juan Belmonte al cante por soleá, que, por cierto, se ofreció publicitariamente como el gran aliciente de la película”.

El remate de la película añade otro elemento de gran interés al flamenco al grabarse la primera vez un martinete bailado. Al parecer Neville había pedido a Antonio Ruiz (¡Antonio!) que hiciese algo distinto y éste se decidió por bailar este cante ancestral que con el cante de El Pili a los pies de El tajo de Ronda se convierten en uno de los documentos visuales más especiales del flamenco. El fragmento, que podéis ver aquí, en versión coloreada y está también en la exposición de la Biblioteca Nacional.

Posteriormente Neville publicaría el librito Flamenco y cante jondo (1962) en el que asegura que “El flamenco no fue un espectáculo, ni nació para ser un espectáculo: era la forma de expresión de un pueblo más bien inarticulado, eran los poemas que decían a gritos de llanto unos analfabetos que no podían expresarse de otra manera, eran los lamentos de amor de un tosco primitivo que apenas sabe hablar pero que al recibir la herida se expresa de ese modo“…ahí quedó

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