Reyes, Valencia y Méndez: Nuevo triángulo flamenco

8 Abr

 

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La flamencología ha estudiado siempre ese triángulo donde brotan los duendes, esa línea mágica que une Sevilla, Jerez y Cádiz. Este viernes el Auditorio Nacional de Madrid ha sido testigo del éxito de tres de los mejores cantaores de esas tierras: José Valencia, Jesús Méndez y Antonio Reyes.  Los tres viven un momento dulce y ninguno sobrepasa los 41 años. Tenemos flamenco bueno pa rato.

Cartel rematado de tres figurones del cante de hoy, de lo que sería en lo taurino una tarde de Domingo de Resurrección en la Maestranza, y entradas agotadas hace semanas. Jesús Méndez, José Valencia y Antonio Reyes – elegancia, intensidad y dulzura- calcaron prácticamente los repertorios y los tres terminaron despreciando el micrófono en sus remates festeros, aún así, dentro de la ortodoxia del los tres,  la variedad de estilos fue de lo más destacable del concierto . Nunca de tres patrones tan parecidos salieron trajes tan diferentes. Son el presente del flamenco, el cante sin marketing. Los tres tienen buenos discos en el mercado, dos de ellos ya tienen el Giraldillo en el salón y Jesús Méndez no tardará en hacerle sitio.

Lo malo de los carteles compartidos es que hay que ser breve. Esta tarde un cuarto cante les hubiese ayudado a los tres a terminar de romper. Como entre toreros, la veteranía marcó el orden de actuación. Le toco abrir a Jesús Méndez (Jerez 1984) y lo hizo por soleá por bulería con ese empaque y esa elegancia que le caracteriza. Su pelea con la seguiriya fue de la que da dolor de huesos. Ahí es donde se vio la dimensión cantaora del sobrino de La Paquera. Esa manera de pararse en los tercios y ese remate poderoso en la cabal no se olvidan fácilmente. Terminó por bulerías recordando a Juana la del Revuelo y gustándose en el Romance de Juan Osuna, de Quintero León y Quiroga. Le acompañó Manuel Valencia, su escudero fiel.

Una seguiriya asfixiante

José Valencia (Barcelona, 1975) salió acelerado, atropellando de pura intensidad la soleá que le marcaba Juan Requena. Con la llegada de la asfixiante seguiriya, casi a paso de baile, se entendió que el avasalle era premeditado. Momento soberbio. Más que nunca fue el tenor del flamenco por el escenario con el imponente órgano, por el traje oscuro y, sobre todo, por poner la voz donde nadie llega.  “Entre mares y montañas, entre montañas y mares, voy a darle de comer a la pobre de mi mare”, se despidió por bulerías de su Lebrija este flamenco que nació por accidente en Barcelona.

Después de las arritmias que dejó Valencia, salió Antonio Reyes (Chiclana, 1975) con más relajo que nunca, dándole trascendencia de sangre a cada letra de la soleá. Después, el toque delicado de Diego Amaya le llevó en los tangos por el mismo camino del sosiego. También cerró por bulerías acordándose de Manuel Molina y Lole Montoya. Su cante contagia por que nace de un recuerdo vivido, de un quejío camaronero que conmueve. Pero hay mucho más y Antonio Reyes es hoy el cantaor en boca de todos porque tiene expresión propia.

Los asistentes se rompieron las manos a aplaudir para provocar el fin de fiesta que hubiese sido preceptivo pero tuvieron que conformarse con el bis en forma de fandangos del cantaor chiclanero. El que quiera fin de fiesta, que cruce Despeñaperros.

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